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Construcciones

Thangka de Rongwu

Gustavo Thomas

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Conocida es, por impresionante, la ceremonia de develación de los gigantescos tankas tibetanos, en general con imágenes de Buda, y que una vez al año son “sacados” a la luz para que en términos técnicos les dé la luz del sol y no se destruyan por la humedad o el encierro (ya que están siempre enrrollados), y en términos sociales para realizar una ceremonia en la que la población de los alrededores se sienta partícipe de esta religión tan elitista, propia sólo para los “iniciados”.

Yo como un interesado de las artes escénicas y de lo espectacular “necesitaba” experimentar la exposición pública del gran Tanka, aquella ceremonia con un pueblo entero participante; quería ver y explorar el espectacular ritual de la develación de un enorme símbolo religioso, quería también tratar de reconocer la estructura del evento y el desempeño de sus actores. Pero no pude ser un estudioso solamente, en un evento de esta índole uno no puede ser sólo espectador, aún en la lejanía de las diferencias de culturas y creencias todos nos fundimos inevitablemente en el evento mismo y formamos parte del ritual.

El 9 de marzo de 2009 se nos informó que la ceremonia empezaría al medio día, así que estuvimos en el lugar aproximadamente a las 11 a.m. para no perder los detalles preparatorios. Con la experiencia del día anterior en el monasterio Niantog íbamos preparados para una larga espera. Pero no teníamos muy claro que Niantog era un pequeño monasterio con una relativa poca cantidad de monjes y por ende (no lo sabíamos aún, claro) con eventos poco espectaculares en comparación con aquello que íbamos a vivir en Rongwu, la espera fue larga porque la cantidad de monjes no era suficiente para el acto, había menos organización, y era digamos menos “oficial”, no habia con quien quedar bien. La importancia y la grandeza de Rongwu en todo Tongren lo hcaían uno de los más importantes eventos del año y así lo fue.

Decenas y decenas de monjes íban y venían, aparecían ataviados maravillosamente y portaban numerosos estandartes, instrumentos musicales y ofrendas; dentro del templo principal se congregaban cientos de ellos realizando sus preparaciones. Prácticamente en punto del medio día y repartidos en grupos comenzaron a salir del templo principal, y realizaron durante más o menos una hora una especie de presentación (¿o introducción? ) en la que se congregaron en varios círculos alrededor de la plaza, alrededor de 300 de ellos. Los grupos de monjes se diferenciaban en rango (reconocibles para nosotros los extraños a través de los colores de sus bonetes y vestuario), en instrumentos musicales (cornos, tambores, platillos y caracoles) y en portadores de estandartes (banderolas, imágenes, sombrillas y mandalas con círculos de plumas de pavoreal). Cada uno en su camino hacia su propio espacio dentro de los círculos alrededor de la plazoleta principal, tocaba su intrumento o simplemnte caminaba sin un exceso de actitud ceremonial; las imágenes eran tan poderosas por sí mismas que desde mi punto de vista no había necesidad de ver a estos grupos de monjes en trance o actitud de ningún tipo. Una vez terminada aquella procesión, y al parecer en una estructura muy definida en este tipo de rituales del Monlam, todos comenzaron a salir en una aparente anarquía.

Ante la plazoleta vacía de monjes la gente del pueblo se arremolinó en dirección a las puertas del templo principal y un gran alboroto comenzó a darse, había una gran excitación en el ambiente. Salieron del templo más grupos de monjes y se fromaron para hacer y mantener un pasillo desde la entrada del templo, pasillo que duró nada debido a la multitud cercana; entonces salieron otros más jalando una lazo envuelto en gasas blancas, gasas típicas de la tradición religiosa tibetana. Decenas de monjes jalaban el lazo interminable hasta que acompañados con la algarabía religiosa a su máximo se vió aquello que jalaban, el Tanka.

El Tanka estaba enrrollado y era cargado por otras tantas decenas de monjes; el órden se había perdido y todo al parecer era llevado por el caos de un evento que fluctuaba entre lo religioso y lo pagano. La gente común corría a tocar el gran rollo, algunos caían o eran empujados violentamente por el movimiento de la fila de monjes, se oían cantos o frases rítmicas (si cantos no eran) y nosotros, los extraños, no sabíamos cómo es que ya habíamos perdido todo sentido de propiedad y civilidad como espectadores, corríamos con ellos, éramos empujados también, vivíamos una excitación tal vez distinta pero nuestros sentidos estaban tan alterados como todos aquellos que vivían su religión en un momento tan especial.

Nuestro guía debo decirlo, un verdadero experto en estos eventos, trataba de encontrarnos y jalarnos hacia el siguiente estadio de la procesión, así no perderíamos ninguno de los puntos esenciales de la misma.

Las afueras del templo principal estaban repletas de gente y el monasterio mismo era una ciudad en fiesta, en carnaval, en una impactante por viva ceremonia religiosa. Las hileras de monjes jalando el lazo y cargando el Tanka hacían lo posible por avanzar entre la multitud y entre su propio caos de sudor, de gritos, de túnicas rojas y polvo.

Seguir la procesión al ritmo de los que cargaban el Tanka nos habría atorado en algún pasaje, así que nuestro guía inteligentemente nos dirigió por todo el monasterio para tratar de adelantarnos a la procesión y a la multitud que la seguía, es por ello que pude hacer algunas tomas que simplemente hubiera sido imposible lograr de otra manera.

Aquella procesión duró alrededor de 1 hora más para poder llegar al espacio designado para develar el gran tanka en una ladera de la montaña que sirve de telón de fondo al imponente monasterio de Rongwu. Ahí en la ladera varios de los monjes que habíamos visto en la presentación se ubicaban para recibir a quienes cargaban el Tangka. Ahora teníamos una imagen de tal vez ya miles de monjes repartidos desde el templo principal en la entrada del monasterio hasta aquellos que ya estaban en lo alto de la montaña.

El caminar de la procesión se convertía en un espectáculo vivo maravilloso, profundamente emotivo y brillante. Entre sus cantos y su esfuerzo, su alegría ligada en momentos a la euforia, podía yo observar la ferviente percepción de los habitantes de la región, seguían buscando tanto el contacto con el objeto religioso como ofrecerle sus respetos cuando pasaba ante ellos. Vi varios viejos hincarse, madres con niños llorando en brazos que caían tratando de que sus hijos tocaran con la frente la tela enrrollada, vi monjes golpeando a los paisanos para abrir el camino y decenas de hombres ofreciendo sus manos para ayudar a seguir jalando.

Debíamos encontrar un espacio en la falda de la montaña en el que pudiéramos vivir el instante de la develación pero también lograr un buen ángulo para la toma de mi video; pero cables de electricidad y una enorme cantidad de gente lo hacían una tarea de lo más difícil. Al final, ubicado en la base de la montaña y entre movimiento y empujones de la multitud pude encontrar mi campo visual desde el cual hice mis tomas.

La experiencia de ver develarse ese enorme símbolo religioso en medio de la euforia (gritos, rezos, música, postraciones, alegría) de un pueblo es lo único que en su conjunto me temo es imposible de compartir. Una vez durante la develación la gente comenzó a “abrirse” religiosamente, a “pedir”, a “ofrecer”, a “quemar”, a moverse por todos lados (y lo mismo tuve que hacer con mi cámara). Volví a escuchar esos cantos de la mujeres tibetanas, esos agudos que los hacen tan característicos y que las mujeres del pueblo están preparadas para cantarlo, un canto religioso sí pero al parecer de extracto totalmente popular.

En aquél caos-espectáculo seguían los rituales su curso; varios monjes en semicírculo limpiaban objetos, recibían dinero, recitaban mantras, tocaban trompetas. –“El tiempo es poco”- nos dijo el guía, y en un abrir y cerrar de ojos todo iba a llegar a su fin. El Tanka se devela cada año algo así como 30 minutos solamente.

Un jalón más del guía nos llevó a otra parte de la montaña, para desde ahí ver la culminación de la ceremonia. Varios de los grupos de monjes ya estaban en camino de regreso en un total desenfado, caminaban, jugaban, cargaban sus objetos rituales como si fueran paquetes sin valor, mientras los grupos de la ladera de la montaña se preparaban para volver a enrrollar la gran tela con la imagen de Buda. Hileras salían de regreso al templo, líneas de hombres dejaban el espacio principal del evento, pero aún muchos esperábamos el punto final. Los cantos de los monjes de la montaña continuaban y entre esos cantos el enrrolle del Tanka se dió relativamente rápido. El espectáculo había acabado en nada. Un espacio vacío adornó ahora la montaña.

Nadie se interesó más en aquél gigantesco Tanka enrrollado nuevamente, todo había acabado, como si ese gran rollo ya no tuviera más su valor. No lo esperaban de regreso, al menos ninguno de aquellos que lo había presenciado develarse antes en la montaña.

En nuestro camino de regreso algunos grupos esperaban en la puerta del templo, grupos que no habían podido subir, supongo esperaban las cenizas de aquello que había sido hace unos momentos.

Texto e imágenes de Gustavo Thomas

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