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Construcciones

Foxo do Lobo

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Manuel Caamaño Suárez

Manuel Caamaño Suárez

Manuel Caamaño Suárez

Jose Manuel Pidre

Foxo de Paraños. Jose Manuel Pidre

Eladio Cortizo

Eladio Cortizo

Xaquín Lorenzo, en su más extensa compilación sobre la cultura material preindustrial de Galiza, escribe:

…el procedimiento de caza más interesante es el del foxo, que debió ser muy empleado a juzgar por los topónimos que se conservan: Foxacos, Foxados, Foxado, Foxa, Foxo, Foxos, etc., lo mismo con los derivados de Foxo do Lobo (Fogium lupale): Feirobal, Fillobal, Foilebar, Follabal, Folladal, Follebar, Follobal, etc.

Encontramos varios tipos de foxos pero, en esencia, todos se basan en el mismo fundamento: un agujero donde entra el lobo y no puede salir. El elemento principal del foxo es una construcción de piedras grandes, en seco, de forma circular, de 2 a 4 metros de diámetro y de tres a cinco de alto, con una trampilla que se tapa por medio de una piedra. Para dificultar la salida del lobo, una vez que cayó en él, el foso está más profundo que el terreno de alrededor.

Algunos consisten en un pozo circular, de 3 metros de diámetro y 4 o 5 de fondo, en el que se pone un pedazo de carne o un animal muerto: el lobo salta dentro para comerlo y luego no puede salir.

El aludido primeramente es más completo: del foxo arrancan dos muros de piedra en seco, capiados [protegidos por una losa de coronación], de 3 metros de alto y que alcanza una longitud de un kilómetro o más cada uno. En su comienzo, estos muros, que se llaman sebes, van paralelos, pero luego comienzan a abrirse en ángulo, apartándose uno del otro hasta abarcar un área más o menos extensa.

En la salida del corredor o pasillo que forman las sebes, hay una especie de alacenas o escondrijos para meterse los encargados de ahuyentar al lobo y precipitarlo al foxo, tarea confiada, por lo general, a los niños.

Cuando la sebe atraviesa un camino, se abre por medio de un portillo o cancela que es preciso cerrar o por lo menos guardar para que no huya por allí el lobo cuando se va corriendo.

Comúnmente los foxos se tienden en encañadas, haciendo el foso en la parte más baja y subiendo las sebes hacia arriba, por las laderas.

Llegado el momento, al saber que el lobo estaba cerca, se reunían los vecinos, iban al monte y, montando barullo con palos, latas y gritos, llevaban poco a poco al lobo a entrar por entre las sebes, haciendo que se metiese cada vez más, gritando: “¡Ah, lobo! ¡Ah, lobo!…” Cuando el animal llegaba al corredor, salían los niños de los escondrijos y lo espantaban tirándole con latas y piedras; el lobo iba así a caer en el foxo, que antes fue disimulado con una cubierta de tojos y helechos.

Mientras unos ‘corrían ó lobo’, otros ‘gardaban as cancelas’ para que no huyese por ellas.

Una vez que el lobo estaba dentro del foso, lo mataban a tiros y luego lo sacaban por la puerta de la que hablamos antes (1)

La definición que Xaquín Lorenzo hace de este tipo de construcciones es fiel a su habitual modo de escritura en el ensayo etnográfico: un preciso sentido descriptivo de los elementos materiales que componen la construcción, desglosados como coordenadas con las que ir intercalando la explicación de su funcionamiento, su papel social, los ritos como huella de un convenio de uso, u otras huellas en las que una actividad productiva queda fijada y fundida a una cultura: toponimia, relatos, símbolos, etc. Describe lo más sistemáticamente que puede, pero haciéndonos ver cuánto hay de vínculo con otras expresiones de la vida, suscitando así la emoción por las razones profundas de las formas, pero también sobre el tipo de sensibilidades (ese compartido modo de ver las cosas) que estas formas propician.

La importancia estratégica del control, de la administración de la presencia del lobo en una sociedad como la galega, donde la actividad ganadera (de pequeña escala) es generalizada, lo reconocemos en la importancia del rol simbólico que encarna. El lobo aparece asociado a ese momento previo a la historia, al orden social (en el nacimiento de Roma), pero también es figura de lo salvaje, de una condición astuta y despiadada del instinto. El lobo no es tanto significante de una descomposición social, como de una animalidad indómita, que por necesidad no puede renunciar a la intrusión en el mundo de los humanos, en el mundo de la razón y la civilidad. Esta es la condición tenebrosa que le damos a su identidad: llama a nuestra puerta. Además el lobo tiene su lugar en la montaña: un espacio que como forma y entidad geográfica, es en Galiza intensamente usada por el hombre, pero también lugar fronterizo, liminar hacia el peligro, el desorden, o lo ultramundano.

La forma del espacio que se construye en un foxo, describe nuestra relación con esa otra especie animal. Organizábamos el espacio según acechábamos al lobo, según los medios con los que contábamos para su control. Se trata de un control activo. Aquí un muro va mucho más allá de ser un límite que cerca, que territorializa. Estos muros también canalizan, acompañan y dirigen un movimiento. Sus leyes vienen marcadas por dos formas de movimiento animal (la del lobo y la nuestra). El estudio de estas formas en conjunción con la orografía que las soporta, nos muestra un uso que ha de guiarse por la comprensión más instintiva del espacio por parte de ambas especies. No era una trampa estática, sino que sólo podía ser eficaz, usada de una manera enormemente compleja, coordinada y activa. Para un arquitecto de hoy, el foxo muestra un espacio organizado por la orientación instintiva más animal que puede adoptar un movimiento.

Puede que ahí resida el interés de lo que hoy podamos aprender de un foxo. Pero para ello, más allá de su caracterización tipológica hay otros elementos a tener en cuenta, que son los más determinantes de su organización espacial y que vienen dados antes de su construcción. Ésta sólo cristaliza la aptitud de un medio (primordialmente la orografía), interpretada para la finalidad de un uso específico. La arquitectura de un foxo es fundamentalmente la de un espacio mucho más amplio que termina vertiendo en él. Igualmente la configuración de este espacio orográfico podía ser más o menos óptima para el proceso de detección y acecho. El foxo se encarga de encontrar (y en ello manifestar) la más apta.

Los elementos a conjugar con esa condición de cuenca para el recinto del foxo, correspondientes al medio, podrían enumerarse progresivamente:

_El ámbito de monte que puede habitar el lobo, en interferencia con el apto para la explotación ganadera. La mayor o menor extensión de esa franja de interferencia, en relación al grado de presión humana para explotación de ese medio natural.

_Definiendo éste, la división entre aldeas y parroquias de la propiedad y mantenimiento del espacio mancomunado para el ganado.

_Con ello quedan establecidas las comunidades humanas implicadas en el apresamiento. En algunos casos llegaban a congregar hasta 200 personas, organizada en tres o cuatro funciones: avistamiento y coordinación del proceso, cordones humanos prolongando las sebes para alargar el cauce y el resto de los vecinos, que asustaban y dirigían al lobo.

El foxo y su aproximación han de quedar dentro del campo visual de quienes se encargan de avistar al lobo y coordinar la labor. Por tanto, la deseada forma general de cuenca descendente, habría que intercalarla con pequeñas peñas y elevaciones desde las que dominar un espacio mucho más amplio y dar voces e instrucciones a los otros vecinos.

Enumerados esos elementos, cabría añadir que su acuerdo cuenta todavía con cierto grado de ajuste en la variante tipológica que se adopte para el foxo. Las clasificaciones más extensas de estas construcciones, abarcando todo el tercio noroeste de la península ibérica, llegan a distinguir cinco tipologías elementales: simple, de convergencia, de doble convergencia, de cruz y de cabrita.

Volviendo a la pregunta sobre lo que un arquitecto puede aprender hoy de un foxo, casi todo lo contado hasta ahora teje la necesaria trama etnográfica, que cuando menos sirve de la mejor gimnasia para el pensamiento, sobre un ajuste preciso entre necesidad, medios y forma en el trabajo del arquitecto. Hay otro posible campo para el estudio: el foxo como forma paisajística.

No se trata de usar los vínculos que la memoria de nuestro presente trae a un plano demasiado cercano: nos referimos a todo aquello susceptible de ser visto hoy como ‘land art’. El foxo es una manera de construir un orden del paisaje y las razones que le dieron su forma, contienen patrones de relación entre nuestros cuerpos y el suelo por el que nos movemos, que son mucho más generales.

Los medios materiales del foxo son lo suficientemente concisos, las acciones constructivas: básicas, como para entrar en ese género de arquitecturas que no llegan abandonar el estado más incipiente de la forma, cuando esta promueve un significado. Aquí basta con apelar exclusivamente al lenguaje del cuerpo.

La del foxo es una arquitectura que se extiende tentacularmente hasta diluirse en identificación con el suelo, mientras que en su foco (foso) el procedimiento es el inverso: altera el suelo, profundiza en él, intensifica su caída. La construcción abraza la mayor cantidad posible de paisaje para interceptarlo, conducirlo y finalmente convertirlo en encierro como desenlace. Es un dispositivo para intensificar la cualidad cóncava, progresivamente envolvente de un paisaje, hasta llevarlo a la reclusión: su arroyo nunca llega a desembocar en el mar. Localiza y designa una forma así en la orografía, pero que distorsiona hasta que sirva a su necesidad. Interpretando el suelo, le asigna una vocación.

(1) Xaquín Lorenzo. A Terra. Editorial Galaxia. Vigo, 1982. Pag. 259

Texto: Xoan Mosquera

 

 

 

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